jueves, 24 de noviembre de 2016

Serendipia inmarcersible, inefable por limerencia…



Arreciaba lluvia en la ciudad
y caminaba sobre el petricor terreno,
sin destino hacia ningún lugar.
Un mensaje. ¿Unas cervezas?




Nunca se dice que no
a la rubia gallega entre buenos amigos.
Y menos si hay fútbol y bocatas
entre medias.

Local lúgubre,
música cojonuda.

Y como siempre pasa con las cosas buenas,
lo inefable, algo choca contra ti, maldito nefelibata.

No tienes remedio chico.
Una sonrisa acendrada, una mirada iridiscente
y el melifluo sonido de su voz atropella tus sentidos.

Y allí estaba
con una ataraxia al corazón,
experto en resiliencia,
impávido e impasible
como quien mira el arrebol de un atardecer de verano.




La limerencia se había apoderado de mi,
adiós elocuencia, hola incandescencia.

Has vuelto a caer, maldito veleta enamoradizo.
Creo que mi yo sereno
me estaría pegando patadas en el saco de las mariposas,
pero el niño inmarcesible que habita en mi,
veía lo etéreo en aquel ser.

Márchate, no mires atrás,
deja de pensar ya que te estás metiendo en un oscuro callejón
y hay una señal bien grande de "Sin Salida".
Recapacita chico, relájate, baja marchas,
tómate otra cerveza y lo verás todo desde otro punto del prisma,
-le dice el cerebro al corazón-.

Cállate, déjame soñar con lo sempiterno,
ese momento efímero podría ser mi serendipia.
Curioso, hallazgo afortunado e inesperado sin buscarlo,
-contesta el músculo del amor-.

El frío y la rubia espumosa juegan a favor del cerebro cabrón,
pero el desenlace iba a jugar a favor del valiente corazón.




Una mirada, dos caricias, tres gestos, cuatro palabras.

Game Over.

Ya no hay nada que hacerle,
el corazón ha perdido la razón
y ha bloqueado mis pensamientos,
-le cuenta el cerebro al resto del cuerpo-.

Déjame en paz maldito seso!
Quiero lo sempiterno con esa serendipia.

Cuatro miradas, tres sonrisas, dos besos, una despedida.


Sales del aquel local, confundido y anestesiado.
Tu sonrisa marca el camino, que el resto lo decida el destino.





A pesar de las palabras que nunca digo,
aquí tiembla un corazón que me delata.
Anna Bahena

sábado, 12 de noviembre de 2016

A veces perderse es encontrar el camino


Hoy tengo el privilegio de contar con la colaboración de un auténtico crack, un amigo, un hermano. Si yo empecé en este mundillo, en gran parte fue por culpa de él. Gracias por todo, Sergio Fajardo.
Su blog personal está en reformas, próximamente podréis disfrutarlo.

Y ya de paso contarles que participa en una antología benéfica de 13 relatos variados, enfocados a la interculturalidad, promovido por Allende Mundi, una asociación que pretende impulsar la convivencia intercultural a través de la educación, el deporte y la cultura.

Pasen, lean y disfruten, es un auténtico genio.

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Tenemos la sensación de que perder o perdernos es siempre negativo. A veces es necesario perder para aprender a ganar. A veces es necesario perdernos para encontrarnos. Alguien que siempre gana nunca valorará las victorias y alguien alegre puede ser mucho más dañino que alguien moralmente hundido.



Cómo bien dice Don Albert Espinosa: “Tener pérdidas significa arriesgarse; equivale a estar vivo y eso es ser feliz”. Os lo dice alguien que ha perdido innumerables veces y piensa que cualquier pérdida es una ganancia, por dolorosa que sea.

Perder el miedo es ganar valentía.

Perder la vergüenza es ganar desparpajo.

Perder un tren es ganar el que vendrá después.

Perderte la película que más deseabas ver de la cartelera es ganar tiempo que podrás aprovechar para cualquier otra cosa. Puede que sea una señal de la vida para que inviertas tu tiempo en otras cosas. O simplemente estás destinado a ver otra película que a lo mejor, por cosas del destino, te llega a gustar más.

A veces perderse, es encontrar el camino. A veces perder unas cosas es ganar otras.



Me perdí en tus labios y encontré tu sonrisa.

Me perdí en tu mundo y encontré el mío.

Me perdí en tu cuello y encontré tu placer.

Me perdí entre tus sábanas y encontré el recorrido perfecto por tus piernas.



Me perdí en tus caderas y encontré un pasadizo secreto que me llevaba a la lujuria.

Me perdí donde solíamos ir a matar el tiempo y me encontré con la soledad.

Me perdí, te perdí, me encontré y la encontré.

A veces perderse es encontrar el camino, pero no olvidemos que todos los caminos tienen piedras y sólo hay que saber cómo tropezar. Hay tropiezos bonitos, cómo aquellos de las películas en los que acaban dos futuros enamorados recogiendo papeles del suelo. Hay otros dolorosos, cómo aquellos que nadie queremos recordar. Al fin y al cabo para vivir, hay que tropezar una y mil veces. Piérdete mil y un días por las calles de tu ciudad y encontrarás tu lugar idóneo. Sólo tienes que ser paciente. Las mejores cosas llegan sólo para quien sabe perder y esperar.



“Habrá épocas en las que sólo perderás, así que recuerda que hubo épocas en las que sólo ganaste” –Albert Espinosa

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Me Gustas


Me gustan las personas que son leales, las que van de frente y te dicen cien verdades por cada mentira piadosa. Esas personas te quieren sin ningún tipo de condimento.



Me gusta la gente que te abraza como si su equipo hubiera ganado la Champions, que da igual el tiempo y el pasado, lo que importa es el abrazo.

Me gustan los que son capaces de creer en lo increíble, las que se equivocan a lo grande porque piensan a lo grande.

Admiro a las personas amantes de los retos, las que no pueden vivir sin una meta, las que dan su vida por sentir que lo han conseguido.

Me encantan las personas que están, estén donde estén. Las que saben llegar y quedarse en las buenas, las que saben llegar y aguantar las malas.

Me gustan, como decía el maestro Benedetti, la gente que sin motivos te busca y sin ataduras se queda.

Me gustan los rebeldes, los que firman donde les da la gana aunque lean FIRME AQUÍ.




Me gustan los impuntuales y los desordenados. La puntualidad y el orden están sobrevalorados.

Me gusta la gente que habla como un loro y a la vez saben escuchar. Con esas personas el tiempo pasa volando.

Admiro a la gente que, después de estar en la mierda, recupera el gusto por disfrutar de todo.

Me gustan los que sueñan con los pies en el suelo, y sobretodo, cuando alcanzan sus sueños, los que se acuerdan de quien estuvo con ellos en los peores momentos.

Me gusta la gente que, aunque estén hasta arriba de movidas, tienen cinco minutos que regalarte. Esos cinco minutos que igual son el mejor momento del día.

Me gusta la gente que te regala parte de su tiempo entre cigarros y cervezas.




Me gusta la gente que te hace reír. A carcajada limpia o por lo bajini.

Adoro la gente que, aún costándole la vida desnudar su alma, lo hace y la entrega. A esas personas las puedes querer sin peros ni condiciones.

Me gustan las personas que no se disfrazan de valientes.

Amo a las personas que saben ver tras una coraza, que saben ir más allá y acaban comprando una parcelita en tu corazón.

Me gustan las personas que necesitan sentir y para sentir necesitan sentirse.

Me gusta los cazadores de sueños, esos que arriesgan lo cierto por lo incierto, los perfeccionistas hasta el extremo. La recompensa será de ellos.

Me gustan las personas que se acuerdan de ti antes de tiempo, en el momento justo y a deshora.

Me gustan las personas que salen a jugar cuando el rival se crece y mantienen la cabeza en alto. Y pierden. Y se sobreponen. Y ganan.

Los que te abren las puertas de su casa, de su corazón y de su alma.

Me gusta la gente que pisa el suelo fuerte por ambos, que te mira y te seca las lágrimas con sus propias manos.

Amo las personas que te defienden a muerte delante del resto, incluso sin tener razón. Los trapos sucios se lavan en casa. Con esas personas puedes ir al fin del mundo. Y volver.




Adoro la gente que recorre kilómetros por estar junto a ti. Esos irían contigo al fin del mundo.

Me gusta la gente que tienen la boca preparada para morder el polvo y las piernas con el impulso suficiente para levantarse de nuevo.

Me gustan los que respetan. Los pacientes. Los que no miran por encima del hombro.

Me encantan los que no tienen miedo. Y si los tienen, los guardan cada mañana en la mesilla de noche.

Los que llevan la cabeza alta y tienen principios.

Me gusta la gente que disfruta cocinando, escribiendo poesía o durmiendo.




Me encanta la gente que baila bajo la lluvia.

Adoro a la gente que se ríe con ganas. Y a la de la buena música aunque no esté de moda.

Me gustan las personas que saben crecer en la adversidad y se recuperan de los golpes de la vida a modo de sonrisas.

Los que nadan a contracorriente, porque en algún momento la ola les acompañará.

Me gustan los que no caen bien a todo el mundo, porque eso es un símbolo de autenticidad. Los perfectamente incorrectos, con ese punto exacto de locura controlada y timidez contenida.

La gente que te da calor cuando más frío tienes. Los que te dan su respiración cuando te ahogas.

Me gustan las personas que siguen la estrofa de la canción que tú mismo estás cantando.




Me gusta la gente que lamen la tapa del yogur, pero que le dan el culín a su perro.

Las personas que tienen el don de estar siempre. Las que te dan paz en tiempos de guerra y al mismo tiempo bombardean tus sentidos.

Las personas educadas y atentas.

Me gustan las personas que van a por todas, las que se mojan de verdad.

Las personas que son felices con los pequeños detalles.

Los que no salen bien en las fotos.

Los que se ríen hasta de su sombra.

Los amigos de verdad.

Me gusta los que son valientes.

Los que te quieren.

Los atrevidos.

En la vida.

En el amor.

En el sexo.



lunes, 7 de noviembre de 2016

Y vuelas, vuelas alto


Contra la espada y la pared.

Al borde del abismo.

En el punto de mira de un francotirador.

En el trampolín de un barco pirata en un mar infestado de tiburones.

Cuando te encuentras en un punto sin retorno, donde no hay vuelta atrás, donde o despegas o te estrellas, hay algo, un no sé qué que te salva y te da alas.




Y vuelas, vuelas alto.

Pintas tu mundo grisáceo de colores vivos, intensos.

Miras al pasado, ese pasado que tantas cicatrices te ha dejado, y sonríes porque el dolor ha sido tu mejor profesor.


Y vuelas, vuelas alto.

Te llenas de besos de madrugada, abrazos de mañana, risas de mediodía y tardes de sonrisas.

Donde la familia es tu hogar y la amistad tu mejor compañía.





Y vuelas, vuelas alto.

Caminas por la vida, sonriendo. Te giras y le sonríes al pasado mientras tu dedo corazón le señala el camino.

Porque no cambiarías tus dos mil días pasados por las siguientes trescientas noches. Y las que te quedan.



Y vuelas, vuelas alto.

Sigue sonriendo. Sigue caminando. Pisa fuerte. Vuela alto.






"Hay vida después de un portazo"  
                                                      Lae "Vérsame" Sánchez