martes, 21 de febrero de 2017

Cuento de una Noche de Invierno



Estaba cansado.
Su coraza se hizo más dura e impenetrable que nunca.
Dejó de sentir el chico que solo sabía escribirle al amor a beso limpio.
Nada le llenaba.
Comprendió que la felicidad empezaba en uno mismo y que no tenía que buscar en otros labios las sonrisas que le faltaban.
Caminaba por la vida regateando corazones y proposiciones.
Podría entretenerse por el sendero, besar a cada rosa con espinas del camino, pero él no es así.
Era de sentirlo todo o no sentir nada.
No sabía querer a medias.

Y justo cuando él estaba pleno, llegó eso tan inesperado, esa serendipia que tiempo atrás anhelaba.
Desde el primer momento quedó impávido ante aquel bello ser.
Él no se lo creía, pensaba que sería fruto de su imaginación.
Una flor en medio de un campo en ruinas, un cuerpo celeste en la noche más oscura, un halo de luz en la tormenta más embravecida.
En su pecho estalló el Big Bang y no sabía qué estaba pasando.
Se enamoró irremediablemente de ella. 

No lo sabía, pero ya estaba escrito, algo dentro de él lo advertía.
Su lado más racional elevaba muros impidiendo cualquier dolor futuro, ese mismo lado que lo envolvió en una coraza tan dura y fría que ni los rayos de sol lo atravesaban.
Ese lado racional que cuando levantaba un muro, era una orden de ejecución inmediata para su lado emocional.
Pero esta vez no funcionó.
Su lado emocional superaba todas las pruebas, saltaba todos los muros y corría más que sus tenebrosos miedos.
Entendió que cuando se quiere de verdad no hay peros, ni dudas ni miedos.
Estaba decidido a arriesgar todo al rojo sabiendo que era la jugada ganadora.



Era ella.
Algo se lo decía.
Era increíble, una persona llena de luz aún a pesar de sus oscuridades presentes y pasadas.
No había parte de ella que no le gustara.
El amor por ella iba más allá del físico, más allá de su profunda mirada, más allá de sus dulces labios, más allá de su increíble sonrisa, más allá de su cuerpo que invita a la locura, más allá de su cabello en el cual se enredaría cada noche.
Había invadido su mente enseñándole cada día un nuevo aprendizaje, y cuando esto sucede, que atacan a la vez a la cabeza y al corazón, irremediablemente pierdes la razón.
Había motivos por los que tirar la toalla.
Una distancia para muchos insalvable, un vértigo al abismo, el pensamiento presente de otro nombre o el saber que lo que hoy es, mañana igual no será.
Pero él era un auténtico luchador.
Su vida, una auténtica tragicomedia, le había enseñado a luchar por conseguir sus sueños, sus metas. Y lo tenía decidido desde el minuto uno que sus ojos se perdieron en la mirada de ella.
No había motivos para rendirse, sino que había demasiados motivos para quererla y hacer de ese sentimiento algo sempiterno.

No había tenido nada tan claro en su vida.
Siempre que tomaba una decisión, algo dentro de él se preguntaba:

"¿Y si hubieras cogido otro camino?
¿Y si fueses más egoísta?
¿Y si te estás equivocando?"

Pero esta vez, había silencio y decisión unánime.
No había dudas ni preguntas, ni siquiera sugerencias.
Él tomó la decisión de partir.
De cambiar un océano por un mar, una puesta de sol por un amanecer, el frío por el calor.
Y se escuchaban vítores y aplausos.


Mientras tanto, un "te quiero" los dividía entre dos tierras,
con el placebo de su voz que calmaba sus mareas,
jurándole que hiciera lo que hiciera la amaría,
que sin ella,
él,
no tiene ni patria ni bandera.






lunes, 20 de febrero de 2017

Vega y Altair





Cuenta la leyenda que en un tiempo muy lejano, el ser humano creía en la magia y ésta se manifestaba en lo cotidiano.
Esta magia se reflejó en un ser tan hermoso como compasivo. Se trataba de una joven hada.
Su piel era fina como la porcelana. Suave, delicada y radiante, tanto que parecía desprender luz propia.
Dos esmeraldas adornaban su mirada, de un verde tan intenso y profundo que esos ojos transmitían vida y amor allí donde reposara la vista.
Su cabello era brillante como el Sol y fino como la seda.
Y su sonrisa detenía el mundo a su alrededor.
Ni siquiera los dioses estaban a salvo de esa media Luna tan sobrecogedora, pues no existía imagen más bella en el cosmos.

Como no le gustaban las ataduras, ni siquiera en el pelo, lo llevaba siempre suelto para que danzara libremente con el viento.
Desprendía tanta magia por cada uno de sus poros que podía hacer lo que quisiera, incluso doblegar la voluntad de un hombre para someterlo a sus caprichos. Pero ella rehusaba de la maldad y lo impío, y era benevolente con su magia. Tanto era así que el aura de vida y sosiego que desprendía, hacía florecer las plantas allí donde pisaba.
Y de éste bello ser, se enamoró un joven y humilde campesino, con la mirada inocente de un niño y un corazón de oro. Él vivía despreocupado, ignoraba los problemas que hubiera a su alrededor y se limitaba a sonreír. Sus ojos eran del color del cielo, llenos de tranquilidad y calma. Sus cabellos eran una maraña de bucles descuidados que brillaban con la intensidad de la luz del Sol.



Una calurosa tarde de verano, el joven campesino llevó a su buey al río para que éste se refrescara.
Al llegar allí oyó la voz de una dama entonando una melodía con el agua. Embelesado por la damisela y su melodiosa voz, no quería interrumpir aquella escena por nada del mundo, pero su buey mugió y la joven muchacha, sobresaltada, detuvo su canción y comenzó a vestirse.
El humilde joven se acercó y, entre balbuceos, le pidió disculpas por interrumpirla y le ruega que vuelva a cantar para él, pues nunca había oído nada tan hermoso como su voz.
El hada, ruborizada, le dice que ha de marcharse, pero que si tanto anhelaba su canción, ella volvería al caer la noche.
Él no dudó en aceptar la invitación y apareció a la hora acordada en aquel lugar. Ella estaba allí, esplendorosa, y al verle, una sonrisa se dibujó en su cara. En ese mismo instante, el muchacho no pudo evitar caer perdidamente enamorado, pues la sonrisa, la puerta del alma, le enseñó lo magnánimo de su ser, conmoviéndolo.
La muchacha, piadosa ella, no pudo evitar conmoverse con el chico, pues es capaz de sentir como todo su ser se regocija estando ella cerca. De esta forma prometen verse en ese río todas las noches. Conforme pasaban los mantos nocturnos, el amor entre los dos jóvenes surgió, dando pie a la felicidad de ambos.

No obstante la alegría es efímera, pues la diosa de los cielos, testigo de tal situación, montó en cólera, no sólo por el hecho de que un hada hubiera consumado el amor con un mortal, sino porque estaba celosa de que nadie la quisiera a ella de esa manera.
Para calmar su ira y dar placer a su venganza, la diosa del cielo le cuenta a la Reina de las hadas que una de sus súbditas había estado utilizando sus poderes para someter a un mortal y por ello merecía ser juzgada.
La Reina accede y, como castigo por haber usado su magia con fines egoístas, convierte a los amantes en estrellas. Una vez convertidos en inmortales, cogió la más fina aguja de plata y desgarró el cielo entre los amantes, formándose así un río de luz y estrellas entre ambos.




Es así como acaba la historia entre Vega y Altair.
Dos amantes condenados a vivir eternamente el uno sin el otro.
No obstante, ellos nunca se rinden e intentan comunicarse con el otro siempre, siendo éste el motivo de que sean dos de las estrellas más brillantes del firmamento.
Profundamente conmovidas por su historia, durante una única ocasión cada año, en la séptima noche del séptimo mes, todas las urracas del mundo deciden alzar el vuelo juntas, formando así un puente de alas, permitiendo que Vega y Altair se fundan en una única noche de pasión. 




sábado, 4 de febrero de 2017

Nefelibata





Sueño...

Un abrazo de aeropuerto.
Un beso de película.
Una mirada penetrante (que me deje boquiabierto).
Una caricia cálida (que me traiga la canícula).

Sueño...

Correr por la playa.
Caminar por el campo.
Viajar a Roma.
Nadar en el Mediterráneo.



Sueño...

Peli y palomitas en el sofá.
Una cena para dos.
Perder el vértigo en un parque de atracciones (en la montaña rusa de tus caderas).
Inmortalizarte en mis escritos.

Sueño...

Pasión de medianoche.
Recorrerte con mi lengua.
Acariciar tu sexo.
Arder en tu colchón.



Sueño...

Quitarte los miedos.
Matar a tus monstruos.
Que te quedes conmigo.
Una maleta llena de destino fijo (con destino fijado).

Sueño...

Un "quédate aquí" en tus manos.
Un "para siempre" en tus labios.
Un "no te vayas" en tu cuerpo.
Un "te quiero" en tu corazón.


"Maldito nefelibata que la distancia a besos mata"