lunes, 20 de febrero de 2017

Vega y Altair





Cuenta la leyenda que en un tiempo muy lejano, el ser humano creía en la magia y ésta se manifestaba en lo cotidiano.
Esta magia se reflejó en un ser tan hermoso como compasivo. Se trataba de una joven hada.
Su piel era fina como la porcelana. Suave, delicada y radiante, tanto que parecía desprender luz propia.
Dos esmeraldas adornaban su mirada, de un verde tan intenso y profundo que esos ojos transmitían vida y amor allí donde reposara la vista.
Su cabello era brillante como el Sol y fino como la seda.
Y su sonrisa detenía el mundo a su alrededor.
Ni siquiera los dioses estaban a salvo de esa media Luna tan sobrecogedora, pues no existía imagen más bella en el cosmos.

Como no le gustaban las ataduras, ni siquiera en el pelo, lo llevaba siempre suelto para que danzara libremente con el viento.
Desprendía tanta magia por cada uno de sus poros que podía hacer lo que quisiera, incluso doblegar la voluntad de un hombre para someterlo a sus caprichos. Pero ella rehusaba de la maldad y lo impío, y era benevolente con su magia. Tanto era así que el aura de vida y sosiego que desprendía, hacía florecer las plantas allí donde pisaba.
Y de éste bello ser, se enamoró un joven y humilde campesino, con la mirada inocente de un niño y un corazón de oro. Él vivía despreocupado, ignoraba los problemas que hubiera a su alrededor y se limitaba a sonreír. Sus ojos eran del color del cielo, llenos de tranquilidad y calma. Sus cabellos eran una maraña de bucles descuidados que brillaban con la intensidad de la luz del Sol.



Una calurosa tarde de verano, el joven campesino llevó a su buey al río para que éste se refrescara.
Al llegar allí oyó la voz de una dama entonando una melodía con el agua. Embelesado por la damisela y su melodiosa voz, no quería interrumpir aquella escena por nada del mundo, pero su buey mugió y la joven muchacha, sobresaltada, detuvo su canción y comenzó a vestirse.
El humilde joven se acercó y, entre balbuceos, le pidió disculpas por interrumpirla y le ruega que vuelva a cantar para él, pues nunca había oído nada tan hermoso como su voz.
El hada, ruborizada, le dice que ha de marcharse, pero que si tanto anhelaba su canción, ella volvería al caer la noche.
Él no dudó en aceptar la invitación y apareció a la hora acordada en aquel lugar. Ella estaba allí, esplendorosa, y al verle, una sonrisa se dibujó en su cara. En ese mismo instante, el muchacho no pudo evitar caer perdidamente enamorado, pues la sonrisa, la puerta del alma, le enseñó lo magnánimo de su ser, conmoviéndolo.
La muchacha, piadosa ella, no pudo evitar conmoverse con el chico, pues es capaz de sentir como todo su ser se regocija estando ella cerca. De esta forma prometen verse en ese río todas las noches. Conforme pasaban los mantos nocturnos, el amor entre los dos jóvenes surgió, dando pie a la felicidad de ambos.

No obstante la alegría es efímera, pues la diosa de los cielos, testigo de tal situación, montó en cólera, no sólo por el hecho de que un hada hubiera consumado el amor con un mortal, sino porque estaba celosa de que nadie la quisiera a ella de esa manera.
Para calmar su ira y dar placer a su venganza, la diosa del cielo le cuenta a la Reina de las hadas que una de sus súbditas había estado utilizando sus poderes para someter a un mortal y por ello merecía ser juzgada.
La Reina accede y, como castigo por haber usado su magia con fines egoístas, convierte a los amantes en estrellas. Una vez convertidos en inmortales, cogió la más fina aguja de plata y desgarró el cielo entre los amantes, formándose así un río de luz y estrellas entre ambos.




Es así como acaba la historia entre Vega y Altair.
Dos amantes condenados a vivir eternamente el uno sin el otro.
No obstante, ellos nunca se rinden e intentan comunicarse con el otro siempre, siendo éste el motivo de que sean dos de las estrellas más brillantes del firmamento.
Profundamente conmovidas por su historia, durante una única ocasión cada año, en la séptima noche del séptimo mes, todas las urracas del mundo deciden alzar el vuelo juntas, formando así un puente de alas, permitiendo que Vega y Altair se fundan en una única noche de pasión. 




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